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  • Natalie Rocfort

La primera ecografía


La primera persona a la que le conté que estaba embarazada fue mi mejor amiga del colegio, mi hermana de otra madre. A la pobre por poco le da un aneurisma. Habíamos conversado infinidad de veces sobre tener hijos, qué haríamos si no encontrábamos al “príncipe azul”, que los años pasan y no en vano, y bueno, todas esas cosas que las mujeres contemplamos conforme pasa el tiempo. Pero nunca habíamos hecho planes concretos. Era todo muy etéreo, solo planes sin un horizonte demasiado claro. Sin embargo, luego de ver la prueba de sangre que confirmaba mis sospechas, tenía esta urgencia por contarle a alguien. No era un secreto que podría guardar durante mucho tiempo. Ese mismo día le conté a mi hermanita menor y a mi mejor amiga de la universidad, que también casi mueren de un paro cardíaco y de la felicidad y -evidentemente- al papá. Sobre el papá solo les contaré que es alguien a quien quiero muchísimo y que sabía que moría de ganas de ser mamá, pero con quien intentamos una relación que no funcionó. Así que como -para mi a estas alturas de mi vida- es mejor tomar decisiones conscientes y sin drama, decidí ser “mamá soltera”. Ese título tan terrible para algunos, pero tan normal hoy en día. Ahora entiendo cómo es estar en el lugar de las mujeres que se sienten juzgadas, sin la libertad de contar su historia y sentirse orgullosas y felices de poder tomar una decisión que va a afectar el resto de sus vidas y la de sus hijos. Decidir ser mamá es un momento mágico, poderosísimo, inigualable, y nadie debería avergonzarse de ello. Felizmente pude dar un paso más adelante y dejar a un lado el peso del “qué dirán”. Francamente a estas alturas del partido me importa un zapato lo que la gente piense. Lo único que me importa es que mi hija esté sana y sea una persona feliz. Solo me importa que la gente que me quiere, la quiera también a ella, y que ella aprenda que las familias son tan diversas como diversas somos las personas que las conforman. Que hay familias con papá y mamá, algunas con dos papás, otras tantas con dos mamás, tal vez algunas sólo con abuelos o tíos, otras solo con papá y otras -como la mia- solo con mamá, y que en todas lo más importante es el amor que los une porque absolutamente ninguna es enteramente perfecta.

En ese momento empecé a buscar recomendaciones de doctores, clínicas y demás. Aunque por momentos el miedo me seguía paralizando y no sabía cuáles eran los parámetros a evaluar para tener la mejor experiencia. El primero fue que el doctor con quien decidiera hacer el seguimiento de mi embarazo tenía que ser alguien recomendado, así que le pedí a una amiga que publicara por mi en uno de esos grupos de mamás en Facebook. El segundo es que fuera un doctor pro parto natural, porque mi mayor sueño era que mi hija naciera por vía vaginal. Lo tercero es que fuera alguien joven que pudiera entender mi situación y no tener que soportar preguntas incómodas. Llegué a una clínica gigantezca, en la que la gente casi se atropellaba. Y empecé a atenderme con un doctor que no me terminó de convencer porque parecía apurado todo el tiempo y que me empezó a recetar pastillas sin entender bien por qué me las daba. Y yo siempre he sido medio enemiga de medicarme a menos que sea absolutamente necesario. Así que por mi salud mental empecé a buscar otra clínica y otros doctores. Esta vez añadí dos criterios más: que el doctor sea humano, y que fuera una clínica cubierta por mi seguro para que no me sacaran la chochoca si tenía que hacerme una cesárea. Y así llegué a la Santa Isabel con el doctor Villavicencio. Pero este es el tema de otro post.

Cuando aún estaba en la primera clínica atendiendome con ese primer doctor, llegó el verdadero momento de angustia: la primera ecografía. Esa que confirmaría si realmente había o no frejol, si el frejol estaba en el útero y si todo estaba bien para poder continuar. Tenía recién 5 semanas y media, así que a lo mejor no se vería nada. ¿Y si no había nada? ¿o si era un embarazo ectópico? ¿o si había alguna condición extraña que no me permitiera continuar?. Tenía un vacío en el estómago, mis manos sudaban y mi mirada estaba fija en una de las paredes de la sala de espera. Había una larga lista de pacientes que pasarían por la ecografía, así que tuve que esperar un buen rato. Esperar, esperar y seguir esperando. Esto del embarazo es una prueba y un entrenamiento intensivo para la paciencia, la tolerancia a la frustración, el manejo de emociones, y una serie de autocontroles emocionales dignos de un militar.

Hasta que llegó mi turno y me paré y empecé a caminar hacia la sala de ecografías como un condenado a muerte. El pasillo se hizo larguísimo y dejé de sentir sonidos. Lo único que podía escuchar era a mi propia cabeza pensando “por favor, díganme que todo está bien”. Esos pocos minutos de incertidumbre fueron eternos. Entré a la sala y me pidieron que me quitara el pantalón y la ropa interior, que hiciera pila y que me pusiera la bata. ¡Me moría de frío! Sentía el cuerpo rígido, totalmente tenso. “Échate en la camilla y abre las piernas”. Ay no, como solo tenía poco más de 4 semanas, me tocaba una ecografía transvaginal. Qué incomodidad. Pero bueno, todo sea por el frejol. “Señorita, relájese y puje un poco”. No sé ustedes, pero para mi esa sensación tiene que ser de las más incómodas en la vida. Pero bueno, todo sea por el frejol. Caí en cuenta que desde ese momento y para mi siempre todo sería así: “todo sea por el frejol”.

Segundos después, ahí estaba. El doctor no tuvo que hacer grandes esfuerzos para descubrirlo, sino que se mostró de inmediato. Un puntito sin bordes claros, un bultito de 2 milímetros que representaba la mayor alegría de mi vida, y también el reto más grande. Ahí estaba, adentro de mi útero y estaba bien, midiendo lo que debía medir para la edad gestacional que teníamos. Lo único que pensé en ese momento fue en el verdadero milagro de la vida. Cómo ese pequeño bultito que en ese momento tenía el tamaño de una semilla de amapola se había formado a partir de dos células, y cómo en los próximos meses se convertiría en un bebé con brazos y piernas y ojos y sentimientos. Me di cuenta que mi cuerpo estaba produciendo un ser humano y que tenía que tratarme bien, ser indulgente conmigo misma, dormir las horas que mi organismo necesitara, comer bien, dejar de trabajar tanto. Pensé en lo agradecida que estaba con la vida por permitirme seguir cumpliendo mis anhelos y supe entonces que sí, que tendría la fuerza y entereza suficiente para salir adelante. Solté un pequeño mar de lágrimas de alegría, y supe entonces que era ya momento de contarle a mi mamá que sería abuela. La aventura continúa.


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NATALIE ROCFORT PHOTOGRAPHY

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