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  • Natalie Rocfort

Sábado 2 de febrero 2019 5 semanas


Volví a empezar la cuenta, solo que esta vez ya tengo al más grande y más hermoso amor de mi vida entre mis brazos (no puedo evitar escribir esto sin llorar un poquito, de la felicidad claramente). Evidentemente ahorita no, porque sino no podría estar escribiendo… jaja (¡y lo saben!). De hecho, la acabo de tetear y está noqueada a mi lado, mientras intento teclear despacito para que no se levante… jijii

Recién ahora es que tengo un tiempito para sentarme y volver a escribir una nueva entrada a mi blog. Y las que son mamás entenderán el por qué. Este primer mes de Vera ha sido intenso, hermoso, difícil, hermoso, de puro aprendizaje, hermoso, agotador y hermoso y hermoso. Lleno de visitas (algunas más extensas de lo que deberían… por favor, entendamos que las visitas a una mamá recién parida deberían ser cortas y evitando dar consejos que no se piden!!!!), de noches con sueño partido (no me quejo del todo, realmente mi enana es tranquila y no me ha dado noches demasiado duras… pero aún no canto victoria… jajaja. Tengo que seguir agradeciéndole al universo, porque dentro de todo lo difícil que es esta adaptación a nuestra nueva vida de mamá-hija, todo está funcionando a la perfección. Tengo la enorme suerte de ser una fábrica lechera. Produzco tanta leche que he logrado tener un banco de leche para Vera, donar a la maternidad de Lima y también a dos mamis. Todo esto además de darle teta a mi gorda 24/7. Todo el día, toda la noche mi cachetona quiere su teta. Y aunque es agotador y morimos de calor, creo que ambas somos felices de compartir el tiempo, el vínculo y el amor que nos une. Por otro lado, mi recuperación ha sido muy benévola. Pero antes de contarles esto, les contaré un poco todo lo que ha ido pasando en las últimas 5 semanas.

Mudarse con una panza de 8 meses y medio de embarazo no es lo más inteligente que he hecho en mi vida, pero es lo que me tocaba hacer en el momento. Así que trajiné como una loca y logré mudar todo en 3 días. Ya instalada en mi nuevo depa, empecé a ordenar la casa. No lograba concebir tirarme en la cama mientras la casa estaba aún patas arriba, así que con panza y todo fui ordenando poco a poco y con ayuda todas las cosas. No concebía que mi hija llegara a una casa sin orden. Así que conforme fui ordenando todo y pasaban los días, mis pies se fueron hinchando, mi cara, mis brazos y toda yo por igual. Aunque no me sentía mal y que es normal estar hinchada durante la última fase del embarazo, tenía la sensación de que había algo que tal vez no estaba del todo bien, así que le escribí a Adolfo, quien me sugirió tomarme la presión. Y claro, en efecto, tenía la presión ligeramente alta. Pero nada grave como para salir corriendo a la clínica. Dentro de unos días tenía el próximo control, así que tenía que seguir controlando la presión un par de veces por día, pero sin alarmarme. Llegó el jueves 27 de diciembre, día del cumpleaños de mi mejor amiga del colegio, y por tradición tenía una cita con ella a la hora del almuerzo para comer el pepián que su mamá prepara todos los años. Pero antes debía ir a mi cita con el doctor, durante la cual Adolfo se percató que mi presión seguía estando alta y que Vera ya no estaba creciendo al ritmo que debería. Así que decidió que era hora de que mi peque naciera. En un inicio nacería el sábado 29 de diciembre, lo cual 1) me quitaba un par de semanas para hacer todas las cosas que había listado, 2) me daba a mi un día y medio para ir a mi casa a sacar mis cosas (el maletín estaba listo hacía varias semanas, pero igual quería revisarlo), mandar a bañar a mi perra y mis gatas, mandar a lavar mi carro, dejarles algunas indicaciones a mis asistentes respecto de la chamba en el estudio y hacer compras para tener comida después de volver de la clínica. Debía economizar el tiempo para lograr hacer todo antes de internarme. Ilusa yo. Me fui (manejando aún) a la casa de mi amiga a almorzar, y en pleno almuerzo me llamó Lourdes, asistente de Adolfo, a decirme que no habían ya más turnos para el sábado, así que debía internarme ese mismo día por la noche porque tendrían que operar al día siguiente a las 7am. ¡PÁNICO! Ahí fue cuando empezó la carrera. Comí a la velocidad del rayo mientras llamaba a mi mamá y a una pequeña lista de involucrados. ¿La noticia? Mi hija nacería el 28 de diciembre. Sí, el día de los Inocentes. ¡Nadie me creía! ¡Todos pensaron que les estaba jugando una broma! Pero el nerviosismo de mi voz creo que dejó en claro que no era ninguna broma y que en unas horas más Vera llegaba al mundo. Me despedí de todos y volví a coger mi carro para volar a Plaza Vea a hacer compras. ¡Ah! ¡Y claro! tenía además una mini sesión de fotos en casa. Así que sí, manejé y chambeé hasta el último día antes de dar a luz. No sé si sea una proeza o una bestialidad. O ambas cosas al mismo tiempo. Al fin, no hice nada que mi cuerpo no me permitiera ni forcé nada. Había quedado con mi amigo Morfi en vernos en mi casa. A Dios gracias! Porque no me había hecho ninguna foto de panza (en casa de herrero…) en las últimas semanas, y Morfi es un fotógrafo al que admiro. Todo lo demás que quise hacer se fue a la porra. Ya nada me importaba. Solo quería llegar a la clínica y tener de una vez a mi hija en brazos.

Así que a las 9pm me despedí de mi pequeña manada y me fui para la clínica. Esta vez sí dejé el carro en casa (jaja, nunca tan necia!). Me internaron, explicándome que pasarían por mi habitación a las 5.30am y que tendría que esperarlas ya bañada. Paréntesis: una de las cosas que toda mamá debería hacer antes de dar a luz es ir a la peluquería a pasar por cera antes de ir a la clínica. Claramente esto fue lo último en lo que pensé, y bueno… ya se imaginarán... Pude dormir porque mi cuerpo estaba agotado de todo el trajín, y para las 5am ya estaba en la ducha. Me llevaron a la sala de preparación y a las 7.34am Vera llegó a este mundo. Ni bien sacó la cabeza ya estaba llorando a todo pulmón y yo lloré a mares de la felicidad de escucharla. Fuerte, valiente, sana. Todo el cuento de la operación prefiero no contarlo porque aunque todo el equipo de doctores y enfermeras fueron lo máximo, no me encantó ser operada, ni recibir la epidural (horror), ni nada del proceso. Pero bueno, a quién le gusta la idea de pasar por el quirófano… Lo que sí tengo que aceptar es que la mano maravillosa de Adolfo hizo que mi recuperación fuera maravillosa.

Tres horas después de su nacimiento pude tenerla en brazos y enchufarla a la teta. Mi mayor anhelo en los últimos meses finalmente se hacía realidad. Mi gordita se prendió inmediatamente y empezó a lactar sin problemas. Mis ojos se llenaron de lágrimas felices, mi corazón de una felicidad que conocía por primera vez y sentí por fin que mi vida estaba completa.

Pude caminar y bañarme al día siguiente y con el calor que hacía, esto fue un alivio. Me fui a casa el lunes por la mañana y pude pasar el año nuevo en la tranquilidad de mi nuevo depa, estrenando nueva vida, nueva hija y nuevo año.

En las 5 semanas que han pasado no he sentido desesperanza, pero si cansancio. Mi puerperio ha sido bastante benévolo sin depresión post parto, sino más bien muchas risas y felicidad. Y mucha, mucha leche que decidí empezar a donar para compartir todo el amor y el cariño que Vera y yo hemos recibido. Ojalá nos tratáramos todos y siempre como si estuviésemos embarazados o recién paridos. ¡Hay tanto más amor, respeto y empatía! ¡Todos seríamos enormemente más felices así!

Ya les iré contando mis nuevas experiencias de mamá, pero por ahora dejo este post acá porque la bebe se acaba de despertar. Me temo que los próximos posts serán un poco así, escritos a la velocidad del rayo y sin poder revisar mucho.


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NATALIE ROCFORT PHOTOGRAPHY

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